
Es miércoles santo y uno espera algún milagro. No sabes cómo ni por qué, pero te has visto contagiado durante toda la semana del espíritu de la remontada. Tú sabes que es imposible, no porque no se pueda hacer, sino porque no hay indicios que te permitan creer. La temporada del Real Madrid ha sido una de las peores en cuanto a juego colectivo de los últimos años. Un equipo que se basa sólo en individualidades y en chispazos puntuales tiene muy complicado remontar un 3-0 en contra ante un equipo que es todo lo contrario al tuyo: sabe a lo que juega, con un gran trato del balón y destaca defensivamente. Y si por si fuera poco, cuenta con grandísimos jugadores. En definitiva, te levantas ese día y eliges creer, aunque sepas que no se puede. Como si de un amor imposible se tratase.
Esa mañana, sin pensar tanto en el Madrid, comencé un libro de Ortega y Gasset sobre el amor. Gasset define el amor como «un acto centrífugo del alma que va hacia el objeto en flujo constante y lo envuelve en cálida corroboración, uniéndonos a él y afirmando ejecutivamente su ser». Algo parecido a la relación que tiene el Real Madrid con la liga de campeones. Siempre buscándola, deseándola, como si de un enamorado se tratase, con fervor y de manera sostenida a través del tiempo. Ella lo atrae hacia él de forma gravitacional, sin permitir que se separen por completo. Y lo cierto es que esta competición no se entiende sin este equipo. Aunque la anterior definición es más completa, yo me quedo con la siguiente frase del autor: «Amar una cosa es estar empeñado en que exista; no admitir, en lo que depende de uno, la posibilidad de un universo donde aquel objeto esté ausente». En el plano personal, pensar en una vida sin el Real Madrid sería como perder parte de mi identidad. Algo se quedaría vacío. Quizás sea un amor de menor importancia vital, pero es un amor, al fin y al cabo. Y a pesar de haber momentos en los que el sentimiento por este escudo se me enfría, hoy se sentía más cálido que nunca.
Partí a eso de las 5, dirección Santiago Bernabéu. No tenía entradas, ni iba a ver el partido en un bar cercano. Simplemente acudí a animar al equipo, como si de un amigo que está pasando un mal momento se tratase. Hoy me necesitaban más que nunca. Cogí el metro, y en una de las paradas entraron un grupo de chavales. Eran unos 8, de no más de 20 años, y empezaron a hablar del partido. Escuché mucho la palabra remontada. Algunos valientes se atrevían a hacer un pronóstico. Uno de ellos trajo a colación alguna que otra remontada europea de antaño. Hablaron de la del Wolfsburgo en 2016 y de Cristiano Ronaldo. Cómo echamos de menos a alguien así en estas situaciones… El metro se iba llenando cada vez más y se veían más camisetas blancas y bufandas. La mayoría nos bajamos en Nuevos Ministerios. Muchos hicieron el trasbordo para a la 10 y bajarse al lado del estadio. A mí me gusta ir caminando desde la propia estación, paseando por la Castellana, y ver cómo se va caldeando el ambiente según te aproximas a la zona cero.
Poco a poco iba escuchando trompetas de fondo, algún que otro cántico y gente tomándose unas cervezas en terrazas. Llegué a los aledaños del Bernabéu y me reuní con otros 3 amigos. Les llevé a Marceliano de Santa María, donde sabía que estaba todo el ambiente. La calle estaba a rebosar 3 horas antes del partido. Sólo veía a gente, la mayoría de blanco, con simbología familiar. Banderas, bufandas en alto y algún que otro petardo: estábamos en el epicentro de la remontada. No en vano, por algo se dice que la remontada empieza en Concha Espina. Ya con las cervezas en mano, estábamos listos para la liturgia. Empezamos con nuestras plegarias particulares, más que manidas, pero igual de efectivas que siempre. Nos acordamos de nuestros rivales y de nuestra historia. De por qué había que creer hoy. Tras un rato de cánticos, llegaba el momento de ir cogiendo sitio para la “busiana”. Yo todavía me quería quedar un poco más. Dar algún que otro grito más al aire, pero mis acompañantes tenían prisa. Entre toda la multitud nos hicimos paso a duras penas y salimos hacia la Plaza de los Sagrados Corazones.

La posición era importante y las dudas surgieron durante una hora de espera. ¿Mejor cerca de la plaza, con toda la multitud, o más arriba pegados a las vallas disuasorias, pero algo lejos del meollo? Optamos por quedarnos arriba y esperar. Sólo tocaba esperar. La lluvia vaciló durante todo el día, pero decidió hacerse presente justo cuando el autobús inició su trayecto hacia el estadio, sobre las 7. Las primeras bengalas se empezaron a encender en la plaza. Los aficionados en la transversal con la calle de Serrano empezaron a agitar sus bufandas y a volverse literalmente locos. Pronto el autobús llegó a nuestra altura y nosotros no fuimos menos. Bufanda en mano empecé a gritar cosas ininteligibles. La valla ya no disuadía nada. Sólo estorbaba. Los policías a caballo escoltaron al vehículo todo lo que pudieron. Saltamos la valla y nos unimos a los pioneros que encabezaban la marcha detrás del autobús. Poco a poco más gente se fue uniendo como si de un paso de Semana Santa se tratase. Las bengalas empezaron a juntarse entre ellas y crearon un neblina que dificultaba ver el propio estadio de lejos. Uno de mis amigos recogió una bengala del suelo, como si fuera un testigo, y continuó hacia delante con ella. El éxtasis fue máximo. No hubo otro momento en el que creyese más en el milagro. El amor era más cálido que nunca.
Bajamos hasta donde la policía nos lo permitió. El humo de las bengalas me aturdió bastante. Uno de los amigos concluyó: «nosotros ya hemos cumplido, ahora les falta a ellos». Entonces salimos de todo el tumulto y buscamos el metro Concha Espina para ver el partido en la casa de mis colegas. Tras un interminable transbordo en Avenida de América, llegamos al piso. El partido no tuvo mucho. El Arsenal fue mejor en cada minuto de los 180 que hubo en la eliminatoria. El Madrid jugó desde el primer minuto como si estuviera en el 90 a un gol de empatar la eliminatoria. Con querer no basta. Mucho corazón, eso es irreprochable, pero nada de fútbol, y sin fútbol no hay milagros que valgan.
Volví a casa, sin mucho ánimo. Me fijé en las caras en el metro. Algunas eran largas, pero no más de lo habitual. Supongo que estarían pensando en sus la vidas, el trabajo, parejas, o en absolutamente nada. También puede que su amor por el equipo se enfriara algo, como me pasa a mí algunas veces al año. No les culpo. Pero no tendrán mucho tiempo para dejar que eso pase. Ni tampoco este escudo con la Champions.

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